Bahía Blanca: cuna literaria

Bahía Blanca, “ciudad maldita”–como la llamaron los indígenas por la agresividad de los vientos y sus fríos extremos– es también “ciudad letrada”. Históricamente ha sido una magnífica fuente de literatura tan variada como excelente. En esta nota de Nussocial vamos a hablar sobre los autores bahienses más importantes y compartir un cuento (de mi autoría) inspirado en la ciudad que me vio nacer.


El acercamiento hacia la escritura es muy similar a lo que experimenta un niño cuando ve una hamaca por primera vez. Se sienta con vacilación, se paraliza por la vibración de las cadenas y se balancea con torpeza. El primer impulso es liberador, aunque tosco. Progresivamente comienza a disfrutar el sentimiento de estar volando, el viento en la cara, las pretensiones de llegar más alto.

Lo sé porque yo –como muchos otros habitantes de Bahía Blanca– soy escritor. Uno que tuvo la fortuna de tomar mates y hablar de literatura con el gran Luis Sagasti, de cursar las materias del excelentísimo Mario Ortiz y de conocer a muchísimos escritores bahienses que son un lujo para la ciudad.

Bahía Blanca también acunó a Guillermo Martínez, quien no necesita introducción, y a Jorge Mux, el creativo autor de Exonario: palabras que deberían existir. Por supuesto, hay muchísimos más autores –pequeños en escala, grandes en calidad literaria– que libran la batalla diaria contra el anonimato. Algunas librerías de la ciudad (como La Masmédula Libros, de la cual hablamos en esta nota) se dedican especialmente a la difusión de autores de la zona.

Hay mucha literatura bahiense invisible a los ojos. Desde hace más de 20 años se realiza la Feria de Música y Literatura en Soler 785, un lugar único en la ciudad para intercambiar libros y experiencias. Asimismo, existe la revista virtual Vox (de origen local y amplio reconocimiento nacional) y anualmente se desarrolla la Feria de Editoriales Autogestionadas de Bahía Blanca, que reúne a decenas de editoriales para exponer sus más recientes producciones.

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Mención aparte merece EdiUNS, la editorial de la Universidad Nacional del Sur ubicada en Santiago del Estero 639. En lo que va del año, ya imprimió 34 títulos nuevos, entre docencia, extensión y revistas. Se editaron ocho e-books de lingüística y se reimprimieron 21 títulos de docencia. Recientemente presentó la antología “Cuentos de robot” (de Jorge F. Geres). EdiUNS también publicó mi primera novela, allá por el 2013, y tiene una presencia constante en Ferias del Libro alrededor de todo el mundo.

Como cierre de la nota quiero compartirles un relato mío. Si bien es sencillo y banal, tiene la particularidad de estar fuertemente inspirado en la ciudad de Bahía Blanca, mi propia cuna literaria.


“Cuidado, adultos jugando”

Hay muchas cosas en los alrededores de la plaza Rivadavia: un monumento al célebre personaje histórico, farolas de 1925, una gran fuente en mármol de carrara, inglesa, enmarcada por cuatro pilares pequeños. Está la catedral y en el extremo opuesto el palacio municipal. También se ven cosas que la gente no distingue, que nadie nota: letras del abecedario, tierra, árboles y un pedazo bastante grande de cielo, cartelería, perros, palomas y (¿pueden creerlo?) hasta seres humanos. La 500. La 504. La 319 en su recorrido de regreso. Decenas, no, centenas de micro-acontecimientos, acciones simultáneas. Una joven está sentada en un banco cerca del Centro de Atención al Cliente Claro, fumando un cigarrillo. A su lado una mujer agita un abanico. Asfalto. Más seres humanos.

El lector comprobará que –salvo una ligera reflexión de carácter general sobre un tema que ya inmortalizó Antoine de Saint-Exupéry con una simple frase– mi texto es apenas la enumeración de lo que uno percibe en cualquier espacio verde. Todavía no se ha introducido un conflicto, ni a los personajes principales. La verdad es que es una pobre excusa de introducción a una narrativa. Lo que ocurre es que se hacía preciso describir lo que pasa cuando no pasa nada. Solo así puedo introducir a mis protagonistas.

Saluden a Florencia, de veintiocho años, y a Mariela, de treinta y cuatro. O no lo hagan. De todas maneras, ellas están sumergidas en su propia conversación…

—Te digo una cosa, no teníamos una ola semejante desde el 2009 —dice Mariela mientras se abanica. Y tiene razón, el aire en la plaza tiembla por el calor intenso—. No se puede estar ni a la sombra —agrega sacudiendo la cabeza.

—Ni hablar. ¡Y no sabés lo que me gasto en aire acondicionado! —comenta Florencia al tiempo que exhala una larga bocanada de humo—. Igual, hoy la plata no alcanza para nada.

—¡Qué querés que te diga! Comprás dos pavadas y ya te gastaste cien pesos. En casa usamos ventilador de piso; si no, no llegamos a fin de mes. Yo ya ni el diario leo. Son todas malas noticias. Ni con el cambio de gobierno vi alguna diferencia.

—Son todos una manga de mentirosos, y corruptos. El gobierno, la policía. La gente… la gente anda loca, loca. Te matan por dos pesos.

Frente a ellas, los niños siguen jugando y gritando. Trepan a sus fortalezas y luego se lanzan por el tobogán.

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—¿Cuál es el tuyo? —pregunta Florencia.

—El rubiecito, que está con esa nena. Tiene cinco, es un amor, ¡no sabés!

—¡Esa es mi hija! Parece que ya se hicieron amigos —ríe Mariela—. A veces pienso en su inocencia y me da mucha envidia.

—¿Escuchaste lo del colectivero? Dos tipos se le suben al bondi, como el chofer no los deja viajar sin pagar, le fracturan dos de dedos de la mano. Después le sacan la plata de la billetera. Ochenta pesos.

—¡Por Dios! Hoy te pegan un tiro aunque haya un menor presente. Se perdió el respeto por la vida humana. Me pongo a pensar en eso y me dan náuseas. Acá, así, no se puede vivir —Mariela se sobresalta de pronto—. ¿Y los chicos? ¿Dónde están los chicos?

A unos metros de distancia, detrás de unos arbustos, dos pequeños cuchichean.

—¿La de allá es tu mamá? —pregunta Franco.

—Sí.

—Se la ve cansada.

—Siempre está cansada, y preocupada —dice Clara—. A veces me preocupa mucho. Por eso la traigo a la plaza, así toma un poco de aire y se tranquiliza.

—Te recontra entiendo. Mamá nunca está contenta, y se queja. A veces tiene miedo, pero no lo muestra porque es grande. Yo también la saco a pasear, así no está tan seria.

Clara muestra frustración en su rostro.

—Los adultos nunca entienden nada. Me aburro de tener que explicarles todo. ¿No te pasa?

—¡Me requeterecontra pasa! Creen que saben todo, pero no saben nada. Yo no voy a crecer nunca.

—Y yo tampoco. ¿Me acompañás al sube y baja?

—¡Ahí estaban!

Las madres se acercan a sus niños y los levantan a upa.

—¿Vamos a casa, Fran? —le dice Florencia y luego mira a Mariela—. ¡Un gusto! Tal vez nos crucemos la próxima.

—Sí, me hizo bien desenchufarme un poco —responde y mira a su hija—. ¡Ay, nena! ¡Estás toda llena de tierra! ¡La ropa limpia! Vamos a casa así te bañás. ¿Pero, será posible?

Y así, a medida que las madres se dispersan con sus hijos, también lo hacemos nosotros. Todo les sigue sin llamar la atención, nada destaca de lo habitual y la narración continúa sin un nudo o conflicto principal hasta su abrupto y –hay que decirlo–  vulgar desenlace.

Luciano Sívori

Luciano Sívori

Ingeniero y escritor. Amante de los viajes, la literatura y el cine. Había uno mejor, pero era carísimo.

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2 Respuestas

  1. Nombre dice:

    excelente!

  1. 15 junio, 2017

    […] como usadas), en formato online, o en e-book (para, por ejemplo,Kindle) ¡No hay excusas para no incentivar la lectura de la futura […]

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