¿Cómo sueño la Universidad?

La Universidad (o la educación superior en general), como todos sabemos, forma parte del actual Sistema Educativo. Sistema que, desde sus niveles más bajos, presenta fallas, incoherencias y elementos obsoletos; pero que (para bien o mal) es el modelo más accesible que todos tenemos, y al cual la mayoría en el país nos introducimos, en pos de avanzar en nuestro nivel educativo.

Como alumna, docente, y parte de una universidad nacional, muchas veces me pregunto cuál es el sentido de la Universidad, que básicamente es preguntarme: “¿Qué estoy haciendo acá?”

Supongo, o quiero suponer, que cada uno se hará esa misma pregunta desde su lugar de trabajo. El punto es qué mi respuesta trasciende el análisis personal y me lleva inevitablemente a enmarcarla dentro del mencionado sistema al que pertenece. Similar a un foro de autoayuda, les propongo que me ayuden con las respuestas.

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Para empezar, situémonos en quiénes somos nosotros. ¡Tranqui! No estoy queriendo filosofar por demás. Lo que digo es: ¿quiénes son los que pueden responder a la pregunta? ¿Quiénes son los que le dan sentido a la Universidad? Básicamente, son las personas que trabajan o estudian en ella.

Cabe resaltar que no somos tantos. Cifras del Centro de Estudios de Educación Argentina (CEA) señalan que del total de la población Argentina aproximadamente 4,39% son estudiantes universitarios, 0,34% estudiantes de posgrado, 0,3% docentes y autoridades y 0,11% investigadores. Es decir, apenas el 5,14% de la población Argentina le da sentido a la Universidad ¿Vos estás entre los sorteados?

Otro dato interesante es que en la última década la población universitaria argentina creció en un 22,5%, superando a Brasil y Chile. Este crecimiento en la demanda de educación se asocia principalmente a una tendencia (por no decir “moda”) de la sociedad en la cual se busca mejorar las capacidades para proyectarse vital y laboralmente, “asegurándose” un futuro laboral estable. Sin embargo, existe una alta deserción estudiantil que resulta en que sólo 3 de cada 10 ingresantes terminen los estudios universitarios. ¿Qué es lo que falla? ¿Por qué del deseo al hecho no hay contundencia? ¿Cómo podría mejorarse? En fin, ¿cómo sueño yo la Universidad?

Analizando algunas fallas, sabemos que nuestra universidad pública “abierta a todos” en realidad no es accesible a todos. En primer lugar, no todos pueden solventar los gastos extras que conlleva estudiar, debiendo (en el mejor de los casos) trabajar y estudiar. Dicho gasto se incrementa si la persona debe viajar desde otra localidad hasta la universidad.

Por otro lado, las personas con discapacidad motriz tienen la literal dificultad de acceder a las instalaciones (que no están debidamente preparadas). Asimismo, las personas con discapacidad intelectual quedan excluidas porque “no dan” con el intelecto exigido. Pero, ¿qué es lo que se exige? ¿Por qué? ¿Quién lo determina? ¿Qué significa tener un título? Se supone que el título avala mis conocimientos en determinada temática. ¿Avalarlo ante quién? ¿O, acaso, si un médico se equivoca en una operación y muere una persona se le hará juicio a la universidad emisora del título de dicho médico? ¿Por qué no estudiar cada uno por su cuenta con Internet, libros, consultas a expertos, prácticas, etc.? Por un lado, porque los programas curriculares hacen que la carrera ya esté organizada, lo cual simplifica muchísimo el trabajo de estudio e investigación. Y, por el otro, porque se elige la Universidad como una especie de decisión grupal, fundamentada en el acompañamiento de colegas y compañeros y en el amparo y guía del docente.

Siempre se dice que aprovechar las horas de clases es lo mejor que puede hacer un estudiante. Y, a pesar de que esa frase la escuchamos desde la primaria, creo que no todos los docentes son 100% sinceros al decirla. Es decir, para aprovechar las horas de clase, la clase tiene que permitirme que yo la aproveche. ¿Cómo exponer mi punto de vista si no me dan cabida? ¿O si ante la primera opinión distinta el/la docente me “castiga”? ¿Cómo hacer una pregunta si luego pasaré vergüenza por “ignorante”?

Desde ya que sueño con una universidad interactiva y participativa, con clases que valgan la pena asistir, que sean 621 veces más ricas que leerlo sola en mi casa. Que me hagan pensar. Que me hagan cuestionar. Que me hagan crear, imaginar y soñar. ¡Clases que me abran la cabeza!

Y entonces, ¿a quién le echamos la culpa de que actualmente la Universidad no sea tan así? La eterna batalla de la culpa entregada de los docentes a los alumnos, y viceversa. Según los primeros, los alumnos no participan en las clases, y para los alumnos, la culpa es de los docentes que hacen clases aburridas. Y es tan fácil como asumir que todos tenemos un poco de culpa. Pareciera que venimos tan estructurados e institucionalizados que esperamos y demandamos de la otra parte todo para que mi trabajo y esfuerzo sea el menor posible. Que “la materia tiene mucha teoría” o que “demasiada práctica”; que “los estudiantes vienen cada vez más vagos y facilitistas”. Como si fuera una competencia entre las partes. Y¿quién gana? O mejor dicho: ¿qué gana el que gana? Los estudiantes: aprobar la materia, acosta de no haber aprendido nada. Los docentes, pasar/cumplir con otro cuatrimestre a costa de pelear/sufrir con las alumnos en vez de aprovechar y aprender de las nuevas generaciones.

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Por último: si hablamos del sentido de la Universidad, debemos hablar de su objetivo, el cual, entre otras cosas y muy resumidamente, es “formar profesionales”. Desde ya que la palabra “formar” no me parece la más adecuada, en términos de que pareciera que se le dará forma a la persona, como si esta no la tuviera, o peor, se le definirá una forma a la cual deberá adaptarse. También podemos hablar de que la universidad nos prepara para el mundo laboral. Sin embargo, la palabra mundo queda un poco grande. La verdad es que la mayoría de las carreras tienen la tendencia a preparar a los estudiantes sólo para el trabajo en relación de dependencia. Todos los egresados salen a buscar trabajo. Pero, ¿por qué no generarlo? La conversación típica es:

—No emprendo porque no estoy preparado.

—¿Pero cómo que no estás preparado? ¿No estuviste 5-6 años preparándote?

—Sí, pero me falta experiencia. Entonces considero mejor primero trabajar para otro, para hacer experiencia, y después emprender.

—¿Y cómo hacés experiencia en emprender si trabajás para otro?

—Bueno, es que necesito juntar algo de plata para después poder invertir en mi empresa.

—¿Y cuándo pensás que vas a tener la suficiente cantidad de plata? ¿Cómo sabes que la comodidad de la relación de dependencia no te va a absorber? ¿Cómo sabes que tenés asegurado tu trabajo para poder ahorrar?

Otro paradigma del mundo laboral –incentivado generalmente en las aulas, y en la sociedad en general–es el del profesional económicamente exitoso. Es decir, trabajar para aumentar las ganancias personales, fomentando el individualismo capitalista, sin considerar a la sociedad que nos rodea, y sin siquiera analizar que otra forma de vivir, trabajar y ganar dinero es posible, como en el caso de las Empresas Sociales (aunque de esto hablaremos en un próximo artículo).

En fin: sueño con un lugar donde el conocimiento y la experiencia sean transmitidos de manera horizontal en pos de la construcción de una sociedad más justa y equitativa para todos. Un lugar que no sea un promotor del individualismo y de la búsqueda del “profesionalismo” para el beneficio económico propio.

Y vos: ¿cómo soñás la Universidad?

Antonella Cavallin

Antonella Cavallin

Emprendedora social (Incluser). Profe, ingeniera, deportista... y nunca se sabe qué más. Multifacética por naturaleza.

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3 Respuestas

  1. Guillermo Calandrini dice:

    Felicitaciones Anto !! Un gusto encontrarte por aquí, mi sueño es bastante parecido…

  1. 3 mayo, 2018

    […] de contarles ¿Cómo sueño la Universidad? llega la segunda parte: ¿Cómo sueño la Escuela? Un repaso de las deconstrucciones del sistema […]

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