¿YA TE HICISTE EL TEST VOCACIONAL?

Con la idea de hacer un “test vocacional” llegan muchos adolescentes a consultar a profesionales que trabajan en orientación vocacional-ocupacional.

Agustín, el primer día que llegó al taller, nos contaba que ya había hecho el test en internet, pero que quería asegurarse. El papá de Romina, al llamar para consultar por el taller de orientación para su hija, comenta que el año pasado ya se hizo un test pero que no le sirvió, y necesita hacerlo de nuevo. Y así, muchos de los que llegan, lo hacen en busca del famoso “test”, que les dará una respuesta ante la inquietud por el futuro estudio.

Hay una confusión inicial: identificar al espacio de orientación vocacional con la idea de “test”, como si fuesen sinónimos. Aclarémoslo un poco: los tests son recursos, pruebas estandarizadas que se apoyan en estadísticas para llegar a unas u otras conclusiones. Si nacen de investigaciones serias, se contextualizan y se utilizan bien, pueden ser muy útiles en un proceso de orientación vocacional, pero sin ser el eje sobre el que se articula el mismo y sin dejar de lado lo propio y original de quien se acerca para que lo ayudemos a re-crearse.

Habrán motivos para que esta confusión se sostenga. Tendrán que ver con distintas miradas sobre lo vocacional (¿vocación es sinónimo de “carrera” o tendrá más que ver con cómo transitamos la vida en sus diferentes momentos, y todo lo que hace a ese transitar?), y también con paradigmas y posiciones éticas que se ponen en juego en intervenciones profesionales de todo tipo. Hablo de la tensión presente, y cada vez más actual (no sólo en lo propio de la orientación vocacional), entre prácticas que ponen el énfasis en la medición -del coeficiente intelectual, de qué tan capaz sos, de cuáles son tus capacidades para así sumarlas y obtener un resultado…- y en la categorización -para así saber dónde encajás en el mundo-, y prácticas que hacen foco en las autorías, la subjetividad… en el sujeto, ahí presente, con su historia, interrogantes, deseos…

Volviendo a Romina, nos decía que en el “test” que había realizado el año pasado había hablado con su orientadora unos minutos, y después de esas pocas palabras los encuentros consistieron envocacional2 completar cuestionarios, contestar preguntas o hacer algún dibujo, uno tras otro. Al momento de la devolución, le entregaron un sobre con un informe en el que se enumeraban algunas carreras, y cruzaron cinco minutos de palabras. Esto así descripto, palabras más, palabras menos, es lo que nos cuentan muchos de los adolescentes y jóvenes que llegan al taller. Y no es que, hablando específicamente de las carreras, las opciones que le dieron a Romina como conclusión de ese trabajo no tenían que ver con ella, sino que no hubo proceso, transformación, movimiento, apropiación. Por eso, a Romina no le sirvió. Y por eso, a Agustín no le bastó con el test de internet. Porque la construcción vocacional, la construcción de la identidad, se logra con otros que son palabra, gesto, mirada, cuerpo, emoción… que están ahí, desde ahí, bien presentes, sosteniendo. No hay construcción posible sin otros presentes. Y no hay presencia si nos limitamos a entregar hojas, pedir respuestas y devolver resultados.

Orientar vocacionalmente no es igual a recopilar datos y convertirlos en opciones. La sumatoria de intereses, aptitudes, inteligencia y demás variables, no dan por resultado una carrera, y mucho menos una vocación. No es que los tests no sirvan y que los datos no sean importantes, sino que necesitamos espacios en los que se ponga en juego la vocación, con su complejidad. Y poner en juego la vocación no puede ser intentar encastrar identidades en carreras u ocupaciones.

La vocación va por otro lado. Es difícil de definir, de apropiársela. Cuando uno cree encontrarla, se escapa. Quizás el error sea buscarla, creyéndola afuera, como si ya no estuviéramos construyéndola en cada momento, durante toda la vida. Darle nombre y elegir (una carrera, un trabajo, un hobbie, un estilo de vida…), requiere esfuerzo y tolerar la incertidumbre y la re-creación constante. Y tiempo… especialmente tiempo alentado, pausado, que permita correrse momentáneamente del vértigo del día a día. Que permita soñarse, más allá (y a partir) de lo que uno ya es. Que habilite la pregunta, las rupturas, el enojo, la reinvención… y hacerse cargo de que nadie más puede vivir la vida de uno.

Es tarea y responsabilidad de quienes acompañamos a otras personas en estas inquietudes, darles lugar para que sean protagonistas de la construcción de sus propias historias. Acompañar sus recorridos vitales, en todas las etapas de la vida.

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Capaz que, antes de indagar sobre coeficientes, habilidades, capacidades o incapacidades, podamos intentar otras preguntas. Por ejemplo:

¿Qué te gusta? ¿Qué te despierta curiosidad? ¿Qué te mueve? ¿Qué soñás? ¿Qué quisieras abandonar de vos mismo? ¿Qué tan cómodo te gustaría vivir?… o ¿qué tan incómodo te bancás estar? ¿Con quién o quiénes? ¿En movimiento o qué tan quieto? ¿Qué te da alegría? ¿Qué te hace sentir libre, aunque implique esfuerzo? ¿Cómo te conectás con lo más esencial de vos mismo? (del vos auténtico, no del que te sale mostrar).

Y, así, de a poco, ir abandonando al “test vocacional”, que promete respuestas acabadas y rápidas, para abrirnos a lo incierto y a la oportunidad de comprometernos con nuestra propia vocación, en la búsqueda sin fin de respuestas a esas preguntas, a lo largo de nuestras vidas.

FEDERICO GARCÍA LICENCIADO EN PSICOPEDAGOGÍA

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